¡Paren la mano!

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Por Enrique Guillermo Avogadro-  Esta apelación está dirigida tanto al Presidente de los EEUU cuanto al nuestro, ya que las conductas de ambos – guardando las distancias debidas a la relativa importancia internacional – se asemejan enormemente. Hoy, como corresponde, comenzaré por casa, este gran país al cual hemos convertido en intrascendente por nuestra inveterada imbecilidad. Cuando pienso, por ejemplo, en el luminoso faro cultural que la Argentina fue para toda América Latina durante tantos años, tengo ganas de llorar. Pese a mis ancestros italianos, reconocí en “Una historia de España”, del genial Arturo Pérez-Reverte, muchos de los vicios de los españoles como propios.

Encumbramos a Javier Milei porque supo interpretar el mayoritario deseo social de cambiar ese trágico sino de décadas, pero hoy las internas libertarias, las características psíquicas del personaje y algunos escándalos (de muy distinto tamaño pero igualmente condenables) en una época de vacas flacas para la mayoría, conspiran contra el futuro. Gran parte de éste depende de las inversiones y de los créditos internacionales que debiéramos recibir para modernizar la infraestructura (caminos, trenes, oleo y gasoductos), capacitar a quienes se están cayendo del sistema y generar empleo genuino, pero aquéllas observan el famoso “riesgo país”; es decir, mientras éste no se reduzca, convencerlos resultará imposible.

Y ese indicador refleja la pobre opinión que bancos e inversores tienen de la Argentina, un país que, desde el siglo XIX, viene ignorando sus compromisos y cayendo en sucesivos defaults. Aunque hoy el panorama es diametralmente distinto, como demuestra el fallo que revocó la insólita medida cautelar que había suspendido 82 artículos de la nueva ley laboral, todos se preguntan si este modelo perdurará en el tiempo, si subsistirá después del próximo turno electoral y si la paciencia social se mantendrá como para no volver a caer en manos de algún populismo saqueador que nos haga retroceder a un pasado tan nefasto. Y el Gobierno, con sus impúdicas batallas internas (Karina Milei vs Santiago Caputo) libradas a cielo abierto – a punto tal de llegar a los tribunales – no contribuye precisamente a mejorar nuestra imagen ni nuestro pronóstico.

Los argentinos, como casi todos los pueblos del mundo, vivimos condicionados por la heladera y, cuando ésta está vacía, somos mucho menos tolerantes a la corrupción. El affaire Manuel Adorni es un perfecto ejemplo de eso, sobre todo porque nadie se explica por qué se han invertido los roles, o sea, por qué el Presidente está haciendo de fusible de un ministro que tanto daño reputacional está causando al Ejecutivo cuando, a esta altura, hubiera debido renunciar o, mejor aún, ser despedido de mala manera.

Otro aspecto sumamente reprobable de la conducta presidencial, que tanto imita a la de su admirado homólogo del norte, es su actitud frente a la prensa y a los periodistas, a los que cubre de soeces epítetos – cuando no los demanda ante la Justicia – cada vez que contradicen el relato oficial, y que ha llegado al colmo esta semana cuando su hermanísima canceló las acreditaciones ante la Casa Rosada; hasta Trump continúa concediendo conferencias de prensa, pero Milei no ha permitido hasta ahora ninguna.

En medio de este panorama, el inesperado progreso de la investigación penal sobre las trampas para obtener dólares oficiales y venderlos en el mercado blue mediante las autorizaciones a dedo para importar (SIRA), que se está acercando peligrosamente a Sergio Aceitoso Massa, constituye un soplo de aire vivificante, aunque el interrogante acerca de las motivaciones del inefable Juez Ariel Lijo para actuar tan diligentemente esta vez subsista, porque no debemos olvidar que se trata del maestro en “dormir” las causas que afectan al poder (el caso YPF es paradigmático).

Dediquemos ahora un par de párrafos a mirar al mundo. En Medio Oriente se está librando – más allá del cese del fuego ordenado por Trump hasta que el régimen iraní formule una propuesta de paz – una guerra asimétrica en la cual dos grandes potencias militares (EEUU e Israel) se enfrentan a un Irán terrorista, empobrecido por las sanciones y destruido por los bombardeos. Ignoro, por supuesto, cómo los primeros anunciarán una victoria, pero los ayatollahs ganarán con solo sobrevivir. Ya todos sabemos un par de cosas: nadie utilizará armamento nuclear, y el régimen no caerá hasta enormes contingentes de tropas ocupen el territorio, algo imposible sin asumir el riesgo de recibir a cambio muchísimas bolsas negras con cadáveres.

Entonces, ¿cuáles son las alternativas de las que dispone Trump para salir más o menos elegantemente de ese pantano? Me parece que pocas, en especial porque allí también se está jugando la principal condición del dólar estadounidense: ser la moneda en que se tranza el petróleo en el mundo. Si, como quería hacer Sadam Hussein en Irak antes de la guerra que destruyó a su país – ¿habrá sido ese el verdadero motivo, en vez de las inexistentes “armas de destrucción masivo” que sirvieron de excusa pública? – la moneda que imprime EEUU, y con la cual exporta su inflación interna al mundo, perdiera esa calidad y se pasara a tranzar en yuanes o rublos, la economía norteamericana caería en un progresivo declive.

Trump ha hecho que su país derrochara todas sus virtudes frente a los aliados de EEUU en Europa y en Asia (las petro-monarquías del Golfo y en el Pacífico sur). Si los ataques a Irán continuaran, es altamente probable que la Guardia Revolucionaria iraní volara por los aires las instalaciones de desalinización de Kuwait, Emiratos Arabes Unidos, Arabia Saudita, Omán y Qatar, retrotrayéndolos a la época en que sólo eran desiertos de arena, y Japón, Corea del Sur, Filipinas y, principalmente, Taiwan, han quedado ya indefensos ante China y Corea del Norte por el retiro de las fuerzas estadounidenses que fueron trasladadas a Medio Oriente; el rol de garante de la paz quedó así definitivamente comprometido y, con certeza, hará que muchos países reconsideren su posicionamiento geopolítico.