

El campo llega al segundo semestre con una oportunidad que todavía no está cerrada. La cosecha ya está hecha y gran parte del grano permanece almacenado. Si ese volumen pendiente, especialmente de soja, comienza a comercializarse a un ritmo mayor durante los próximos meses, podría convertirse en un impulso para la actividad económica, el ingreso de divisas y las exportaciones, en un momento en que la economía perdió dinamismo y busca nuevos motores de crecimiento.
Ese es el principal diagnóstico de un informe elaborado por los economistas Juan Manuel Garzón y Franco Artusso, del Ieral de Fundación Mediterránea, que analiza cómo las decisiones comerciales de los productores pueden modificar el desempeño macroeconómico de la segunda mitad del año.
El trabajo sostiene que, hasta mediados de julio, la comercialización de soja, maíz y trigo alcanzó 58,2 millones de toneladas, un volumen 20% superior al promedio histórico. Sin embargo, detrás de ese número aparecen realidades muy distintas. Mientras el maíz y el trigo avanzan con ventas superiores a las habituales, la soja exhibe un marcado retraso.
Al 15 de julio, los productores habían vendido apenas el 29,4% de la cosecha sojera, cuando para esa fecha el promedio histórico ronda el 41%. Se trata de uno de los niveles más bajos registrados desde 2010. En cambio, el maíz ya había comercializado el 38% de su producción, por encima de la media histórica, mientras que el trigo, aunque muestra un porcentaje inferior al habitual, registra uno de los mayores volúmenes vendidos de los últimos años gracias a una cosecha excepcional.
La demora en las ventas de soja ya tuvo consecuencias sobre los ingresos del sector. Durante las primeras 28 semanas del año, las ventas con precio cerrado de soja, maíz y trigo generaron ingresos brutos por unos u$s 11.881 millones, un 13,8% menos que en igual período de 2025.
La caída se explica exclusivamente por la oleaginosa. Mientras las ventas de soja aportaron u$s 5.299 millones, casi u$s 2.400 millones menos que un año atrás, el maíz y el trigo lograron mejorar sus ingresos gracias al mayor volumen comercializado, compensando sólo parcialmente esa pérdida.
Según los autores, el problema no responde a una mala cosecha. La producción sojera ronda los 49,5 millones de toneladas, un volumen similar al de campañas anteriores. Lo que cambió fue el ritmo de comercialización.
¿Por qué los productores retienen la soja?
El informe identifica varios factores detrás de esa decisión. Por un lado, la excelente campaña de maíz y trigo permitió a muchos productores obtener liquidez sin necesidad de desprenderse inmediatamente de la soja. Esa situación redujo la presión financiera para vender.
A eso se suma que mantener el grano almacenado sigue siendo, para muchos establecimientos, una alternativa atractiva frente a un escenario donde todavía existen expectativas sobre futuras modificaciones en las retenciones, una curva de precios levemente ascendente y antecedentes recientes de reducciones temporarias de los derechos de exportación que incentivaron ventas masivas.
Para los economistas del Ieral, la decisión no debería interpretarse como una falta de voluntad de vender, sino como una estrategia económica racional. Los productores comparan el precio disponible hoy con el que podrían obtener más adelante, considerando también sus necesidades financieras, los costos de almacenamiento y las señales de política económica.
Tres escenarios para el segundo semestre
El trabajo plantea tres escenarios posibles para lo que resta del año.
El primero supone que la comercialización mantiene el ritmo actual. En ese caso, los ingresos brutos de los productores alcanzarían u$s 11.592 millones durante el segundo semestre.
Un escenario intermedio, en el que las ventas convergen hacia los promedios históricos, elevaría ese monto hasta u$s 13.881 millones.
La alternativa más optimista contempla una aceleración superior a la habitual, impulsada por mejores precios o cambios en la política económica. Bajo ese supuesto, los ingresos podrían llegar a u$s 15.313 millones.
La diferencia entre el escenario más conservador y el más dinámico supera los u$s 3.700 millones para los productores.
Más ventas también significan más divisas
El impacto no se limita al sector agropecuario. El estudio calcula que el valor potencial de las exportaciones asociadas a las ventas del segundo semestre podría ubicarse entre u$s 14.252 millones y u$s 18.380 millones, según la velocidad con que avance la comercialización.
En el escenario de convergencia, el país sumaría casi u$s 3.000 millones adicionales en exportaciones respecto del escenario de continuidad. Si las ventas fueran aún más intensas, ese incremento superaría los u$s 4.100 millones.
Aunque esas divisas no ingresarían inmediatamente —ya que entre la venta del grano, su procesamiento, exportación y liquidación existe un desfase temporal—, representarían un refuerzo importante para la oferta exportable durante los próximos meses.
Un efecto que trasciende al campo
Los autores sostienen que acelerar la comercialización no sólo mejoraría el ingreso de dólares. También impulsaría la actividad del transporte, los acopios, la industria aceitera, los servicios vinculados al agro y el movimiento económico en las regiones productivas, además de fortalecer la capacidad de financiamiento de los productores para la próxima campaña.
En un contexto en el que la economía mostró señales de desaceleración durante abril y mayo, el agro aparece como uno de los pocos sectores con capacidad de aportar un impulso adicional al nivel de actividad. Sin embargo, el informe advierte que ese potencial dependerá de factores como la evolución de los precios internacionales, las necesidades financieras de los productores y, especialmente, de la previsibilidad de las reglas tributarias y cambiarias. Un esquema estable reduciría los incentivos a seguir postergando ventas a la espera de nuevas medidas excepcionales.



