
Hay una imagen que se repite cada vez más en nuestras ciudades: locales que bajan sus persianas. Comercios de ropa, despensas, pequeños negocios de barrio, algunos bares y hasta emprendimientos que durante años parecían tener asegurada su clientela.
La primera reacción es casi automática: “La economía está mal porque están cerrando comercios”.
Pero hay algo más profundo detrás de esa fotografía.
Una economía también se regula cuando cambia. Y a veces ese proceso es doloroso porque significa que algunas actividades que sobrevivían bajo determinadas condiciones dejan de ser rentables, mientras otras empiezan a encontrar oportunidades.
Durante muchos años, el modelo económico populista fue generando una serie de distorsiones: controles de precios, subsidios, restricciones, protección de determinados sectores, crédito artificialmente barato y un Estado que intervenía permanentemente para evitar que determinados precios o actividades reflejaran la realidad.
Eso podía sostener empresas y comercios que, en condiciones normales de mercado, quizás hubieran tenido que reconvertirse, achicarse o cerrar.
Estos se mantenían con transferencia de ingresos de otros sectores hacia ellos. Por ejemplo, al no poderse importar productos, se consumían lo que había local, sin participar en la competencia, ni el precio, ni la calidad. Solo lo que había disponible. Por otro lado, la falta de horizontes económicos de largo plazo, imposibles de visibilizar con una inflación corriendo a tres dígitos, incentivaba el consumo actual en desmedro del futuro. Y el futuro llegó.
El pago de la factura de ese mal manejo de la economía es el cierre de los comercios y prestadores de servicios de hoy, la falta de consumo actual, y las dificultades que económicas que percibimos.
Ahora, al desaparecer parte de esas distorsiones, la economía empieza a mostrar su verdadera fotografía. Y esa fotografía no siempre es agradable.
Cierran algunos comercios, sí. Pero también aparecen otros.
Crece, por ejemplo, la actividad vinculada a la energía, la minería, el petróleo y el gas, con inversiones que antes tenían dificultades para desarrollarse. También aparecen oportunidades en sectores vinculados a la economía del conocimiento, los servicios profesionales, la logística, la tecnología y el comercio electrónico.
En las ciudades, además, se observa otro fenómeno: algunos negocios tradicionales pierden clientes mientras prosperan actividades más especializadas. Un comercio de ropa que no puede competir con las grandes plataformas o con las ventas online tiene un problema. Pero una empresa que presta servicios tecnológicos, logística para e-commerce, mantenimiento industrial o servicios a empresas puede estar encontrando un mercado mucho más grande que algunos años atrás.
También ocurre dentro del propio comercio. Quizás tenga dificultades una despensa tradicional, pero crece un supermercado de cercanía con mayor escala u otro almacén con mayor horario extendido o envío a domicilio. Puede cerrar una casa de ropa multimarca, mientras prospera una marca especializada que trabaja con venta online y redes sociales. Puede desaparecer un comercio que dependía exclusivamente del mostrador y crecer otro que combina local físico, Instagram, WhatsApp y distribución.
Esto no significa que cada cierre sea una buena noticia. Detrás de una persiana baja hay familias, empleados, inversiones y proyectos que no funcionaron. Y sería ingenuo decir que todo cierre es simplemente “la mano invisible del mercado”.
Pero tampoco sería correcto pensar que la única forma de tener una economía saludable es conseguir que todos los negocios sobrevivan.
Una economía sana no es aquella donde nunca cierra ningún comercio.
Es aquella donde los recursos pueden desplazarse desde las actividades que pierden demanda hacia aquellas que generan nuevas oportunidades.
El problema aparece cuando el Estado intenta impedir permanentemente ese movimiento. Puede conseguir que una empresa sobreviva un tiempo más, pero difícilmente pueda obligar para siempre a los consumidores a comprar lo que ya no quieren, ni puede sostener indefinidamente precios que el mercado no está dispuesto a pagar.
Por eso, quizás lo que estamos viendo hoy sea menos una economía que se destruye y más una economía que se desnuda.
Durante años hubo una especie de maquillaje económico: subsidios, controles, restricciones y regulaciones que permitían ocultar algunas ineficiencias.
Ahora el maquillaje se está quitando.
Y al hacerlo aparecen dos imágenes simultáneas: persianas que bajan y persianas que se levantan.
El desafío de esta etapa no debería ser impedir que cambie la estructura productiva. Debería ser conseguir que quienes pierden con el cambio puedan reconvertirse y que quienes encuentran nuevas oportunidades tengan condiciones para invertir, contratar y crecer.
Porque la verdadera prueba de una transformación económica no es cuántos negocios consigue mantener abiertos el Estado. Es cuántos negocios nuevos consigue hacer posibles el mercado.
#BuenaSaludFinanciera @ElcontadorB @GuilleBriggiler



