La obra colectiva que consolidó la identidad cultural de Rafaela

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Por Nicolás Bordón.- Hay edificios que se levantan con hormigón. Otros, con ladrillos. El Teatro Lasserre fue construido con algo mucho más difícil de conseguir: una comunidad convencida de que el arte merecía tener una casa propia. Mucho antes de que existieran sus butacas, su escenario o el imponente telón que todavía hoy acompaña cada función, ya existía una ciudad dispuesta a dedicar tiempo, trabajo, dinero y esfuerzo para convertir una idea en patrimonio. Quizás por eso recorrer hoy sus pasillos no sea solamente visitar un teatro. Es caminar por una de las obras colectivas más extraordinarias que produjo Rafaela. La reciente visita guiada realizada en vísperas de los 94 años del Centro Ciudad de Rafaela, permitió redescubrir esa historia. 

Mucho antes del edificio, existió el sueño

El origen del Teatro Lasserre no comienza con una obra ni con una piedra fundamental. Comienza el 26 de octubre de 1932, cuando un grupo de rafaelinos apasionados por el teatro decidió constituir el Centro Ciudad de Rafaela con un objetivo tan simple como ambicioso: desarrollar las artes dramáticas y promover otras expresiones artísticas en la ciudad y la región. Nacía así una asociación civil independiente, sin fines de lucro y completamente sostenida por el compromiso de sus socios y de la comunidad.  

Aquellos pioneros no tenían sala propia. Durante décadas montaron sus espectáculos en el teatro de la Sociedad Italiana, un actor clave en el recorrido de esta historia. Allí, se producía teatro, encuentros sociales de distinta naturaleza y una intensa actividad artística que terminó convirtiéndose en uno de los grandes motores de la vida pública local.  

Con el paso de los años, mientras buena parte del movimiento de teatro independiente desaparecía o era absorbido por los circuitos comerciales, el Centro Ciudad de Rafaela permaneció activo. Sus integrantes sostienen, incluso, que se trata del teatro independiente en actividad continua más antiguo de Latinoamérica, una afirmación respaldada por una producción ininterrumpida que hoy se acerca a las 280 obras propias estrenadas desde su fundación.  

Cuando una ciudad decidió construir su propio teatro  

Si existe un capítulo capaz de explicar la identidad del Teatro Lasserre, probablemente sea el de su construcción. Porque no fue la obra de un empresario, ni el resultado de una decisión estatal. Fue, literalmente, una construcción comunitaria. 

Tras el incendio del teatro de la Sociedad Italiana y la imposibilidad de continuar desarrollando allí sus actividades, comenzó a gestarse el proyecto de una sala propia. El terreno fue adquiriéndose progresivamente y, durante años, decenas de personas trabajaron para convertir ese enorme desafío en una realidad.  

Comisiones, subcomisiones, socios, vecinos, comerciantes, profesionales y empresas fueron aportando lo que podían. Algunos donaban materiales. Otro dinero. Otro tiempo. Todos encontraban alguna forma de colaborar. 

Una de las imágenes más poderosa de esa época, sin embargo, la dejaron las mujeres que integraban la histórica Subcomisión de Damas. 

Si bien formalmente había sido creada para «vestir la sala», en los hechos, terminaron convirtiéndose en una de las grandes columnas que sostuvieron el proyecto. Durante veinticinco años organizaron comidas, fiestas, eventos y ventas de empanadas para recaudar fondos destinados a comprar telones, telas y equipamiento. Los telones originales que todavía conserva la Sala Mayor fueron adquiridos gracias a ese trabajo silencioso y constante.  

El lugar donde una ciudad aprendió a hacer cultura

Cuando finalmente el Teatro Lasserre abrió sus puertas en octubre de 1969, el edificio terminó de materializar un proceso que llevaba casi cuatro décadas desarrollándose. 

En su escenario convivieron autores locales, nacionales e internacionales; se estrenaron cientos de producciones propias; se formaron actores, directores y técnicos; funcionaron talleres, ensayos, conferencias y propuestas de distintas disciplinas artísticas. Allí, mientras generaciones enteras descubrieron el teatro tanto desde la platea como detrás del telón, comenzó a consolidarse institucionalmente buena parte de la vida cultural de Rafaela. Lo que hoy la ciudad exhibe con orgullo (sus festivales, sus compañías independientes, sus espacios de formación y una comunidad profundamente vinculada a las artes) encuentra en esta institución el punto de partida más sólido para comprender la tradición artística que la distingue. 

Un legado que sigue construyéndose

Lejos de convertirse en un museo detenido en el tiempo, el Teatro Lasserre continúa escribiendo nuevos capítulos de esa historia colectiva. Un ejemplo reciente es la profunda remodelación de la Sala Luis Remonda (popularmente conocida como «Sala L») inaugurada en octubre de 2024. Este proyecto permitió transformar integralmente dicho espacio mediante mejoras acústicas, nuevo escenario, equipamiento técnico, paneles de sonido, piso, iluminación y mobiliario. Lo más significativo, sin embargo, no fue solamente el resultado final sino la forma en que volvió a concretarse. 

Empresas locales, empresarios, socios, protectores de sala y aportantes particulares acompañaron económicamente la obra, mientras el Municipio colaboró con tareas específicas de infraestructura. Exactamente el mismo espíritu que había dado origen al edificio décadas atrás, volvió a aparecer para impulsar una nueva etapa de crecimiento. Como si el paso del tiempo hubiera cambiado la tecnología, los materiales y las necesidades, pero no la esencia. Quizás allí resida su mayor legado. No solamente haber producido cientos de obras ni haber formado generaciones de artistas, sino haber demostrado que la cultura también puede construirse colectivamente. Que antes de levantar un teatro, Rafaela aprendió a levantar una forma de entender la vida pública basada en la cooperación, la perseverancia y el esfuerzo común. Por eso, cuando se apagan las luces de la sala y el telón vuelve a cerrarse, el Lasserre sigue contando la historia de una ciudad que decidió construir su identidad cultural, con sus propias manos.